Posteado por: Fabricante de mentiras | 24 junio, 2009

El regreso

Primer escrito, del 22 de febrero de 2008, sobre el viaje al norte, hace mucho no lo leía. Mis compañeros de viaje, cansados de mis charlas, me impulsaron a escribir. Espero les guste, saludos. Hasta la semana que viene, Juani.

El regreso

“… The happy days were busted

And that’s the way things go.

What a good time,

What a lovely time…”

SUMO – Divided by joy.

Ya desde la casa de aquélla amable señora de Tucumán se podía sentir una lejana y pequeña –pero no por eso menor– molestia que se venía asomando desde hace un par de días. Sí, ya había que tomarse el tren de regreso, ese tren que no es justamente el que cantan Charly y Nito, y no hay vuelta atrás ni vuelta que darle; unas gordas, baratas y rechonchas facturas con unos cafés calientes, té suaves, jóvenes sin ganas de bajar a tierra y en ese cálido lugar, casi nos engañan con demorar la partida, el beso, el adiós y el no tan ligero equipaje.

–Bueno, che, hay que ir saliendo si queremos ir caminando.

–Nosotras nos vamos en taxi, nos vemos en un rato.

–Listo, no se vayan a olvidar el fiambre que está en la heladera.

Fotos, saludos a la familia, gracias por todo, los espero el año que viene, buena suerte y hasta luego, besos, y todo eso con la dueña de la casa. Mochila al hombro y caminata hasta la estación, rememorando y tratando de retener esquinas de la ciudad en nuestras cabezas.

–Primera clase por acá, chicos –. Y entonces esa sensación de alpargata ancha.

La noche pasó rápida después de la inundación de blancas mariposas, que le dieron color (lo que se llama color, mi color, tu color, el color de cada uno, el color de las mariposas, sin color porque eran blancas, pero con color igual) al tren, y ya no estaba en el tren leyendo a las mancuspias, estaba en la panza de algún enamorado, en mi panza, enamorado de la vida, estaba en un cuento, en un paisaje de laderas verdes con margaritas y mariposas blancas y Heidis de fondo, todo eso durante unos encantadores y extensos minutos. El lujo del paté con pan, un sanguchito para mentirle al estómago, agua muy caliente (casi para el mate) para pasarlo, un par de tormentas para ver, mucho sueño para dormir y pocas ganas de volver. A la madrugada la interrupción de las gentes necesitadas de sus asientos numerados con sus hijos llorones y gritones; caso omiso y a seguir soñando, tal vez con detener este tren.

El segundo día del viaje de vuelta nos encontró recién levantados con un calor que hacía carne a la ropa que teníamos puesta, incluso en la mismísima mugre del vagón podíamos pasar desapercibidos, pero qué importa, somos felices así. El precario, y a la vez ostentoso y agradecidísimo desayuno a cargo del mate de Juan, otro pa-sa-jero con su historia de vida, y la espera ansiosa del almuerzo.

–Vamos a buscar a los chicos para armar los sanguches.

–Pasáte los fiambres, che.

–Yo no los tengo.

–Yo tampoco.

–¡Que lo parió! ¿Vos los tenés?

–Tampoco, deben haber quedado en la heladera.

(Silencio.)

Y bueno, a picar unas milangas (mezcla de cartón con suela de zapato roto, pero la mayonesa le daba sabor) y unas empanadas que parecían souvenir, esos solemnes menúes del vagón-restaurante. Y a comerlos en nuestros asientos, porque no nos apetecía ningún menú ejecutivo y mucho menos quedarnos en ese lugar sin vida, sin gente, sin gracia, pero con aire fresco.

Así fue que después de aquél mudo almuerzo se acercó la siesta, el cuento cortázar, el falta envido truco (chiste nacional), y “conté mal los tantos, ¡qué bolú!” y entonces catorce puntos para nosotros, palo y a la bolsa. Mientras tanto, restándole importancia, íbamos siendo rodeados por el tiempo, y nosotros a contramano, queriendo rechazarlo.

Una parada en Rosario norte, la búsqueda de alguna fiambrería (no, domingo de pueblo difícil, che), unos helados, ensalada de fruta para refrescarnos, algún sueño para cumplir: ¿Y si me quedo acá? Tengo poquito y nada, pero mucho para dar, Córdoba a dos pasos, el centro ahí cerquita no más, a buscarse la vida (como una moneda); y ahí llega lo que dijo media Verónica con la tripa revuelta, “la vida es una cárcel con las puertas abiertas”, y escaparse tiene sus consecuencias, y ya es como el tercer round que pierdo –por puntos, ahí no más.

De vuelta al tren, y otra vez esa quimera de tirarse por la ventana, esa fina línea que separa la fantasía de la realidad, no me voy hacer mucho daño, en ese caso, buena excusa para algo de buen trato en algún buen ranchito, y ofrecerme de peón de campo, por unos meses, para juntar lo necesario (de experiencia) y volver a casa (porque soy un vagabundo (dijo el niño mendigo) y camino bastante alrededor del mundo), a alguna casa, para encontrar esa princesa vampira que respira, que respira y me mira, que sepa abrir la puerta para ir a jugar, y que no le importe mi ropa, y que cuelgue mi mente, y el resto ya lo saben. Soñar es gratis, y cada uno en su mundo, hasta la hora (¿qué hora?) de la merienda…

Unos chocolates, más chocolates, agua, gaseosa, masitas tenemos en el vagón, minga la medialuna de setenta centavos, un fiasco. Y llegaron los chocolates, las gaseosas, y las conversaciones de café, para nada charlas de café, con resultados de historias fantásticas de Matías y la oveja, la abuela en tanga y otras delicias, de a poquito intentábamos (al menos yo) inmortalizarnos un rato, ese ratito aunque sea. Nos cobraron mal, che, zafamos.

Súbitamente un traslado a esa otra dimensión desconocida y fantástica, sacar la cabeza por la ventana, respirar aire del bueno –cuidado con las plantas, eh, te vas a sacar un ojo–, observar los majestuosos plumíferos (si pudiera ser un pájaro, ¿qué haría? volar, cantar, sentarme en un verde limón) y cantar canciones, todavía creyendo que el tren podría seguir de largo, o quedarnos en Campana, ding-dong, conocer, que la lugareña nos lo muestre, pero no, pura cháchara, el tren seguía, y nosotros con nuestros cantos–alaridos, apareció la Bersuit, los Auténticos Decadentes, un poquito de Gieco, un poquito más de Charly, entre otros, grandes argentinhitos.

Y el smog, y los edificios, y los rasca-pica-cielos y las tardecitas de Buenos Aires con ése, ¡qué sé yo!, ¿viste?, asomándose fueron un uppercut y un cross a lo Cassius Clay, estábamos llegando, todo tiene un final, todo termina, tengo que comprender… Ya no más ver la tierra bañada de sol, respirar aire de las alturas, llenar el cuenco de mis ojos con lo más frágil de la locura.

Y de repente ese grupo de (maravillosas, por cierto) personas que en el viaje del sueño del pibe (de las chicas, Paz y Sole, en este caso) habían aprendido –a la fuerza y no tanto– a entenderse, a hablarse, a callarse, a mirarse, a esperarse, a apurarse, a cocinarse, a perderse, a ganarse, a quererse, ahora se enfrentaban a entender, a hablar, a callar, a mirar, a esperar, a apurar, a cocinar, a perder, a ganar, a querer. Atrás quedarían esos fabulosos diálogos ovejeros que luego pasaban a ser octálogos, cuando no nonálogos, esas tardes de sol en la montaña, noches estrelladas, constelaciones inventadas, fotos de postal, esos cuelgues en cuanta feria, puesto de salamines y mistelas, callejones sin salida, cataratas, viñas, cerros, miradores, empanadas ricas y baratas en cuanto pueblito de calles de tierra. Atrás quedarían las mañanas campestres de pan casero y mermelada –con dulce de leche y manteca, cuando nos permitíamos el lujo–, el sorteo de carpas, el armado de carpas, el desarmado de carpas a las corridas para llegar bien al bondi, las comidas recogidas del suelo, las sobremesas con historias de viajes a Europa, el sueño acumulado de largas noches, las chantadas del chantún, las historias del niño de barro, el petiso orejudo, los carnavales, la harina, la espuma, la sangría y otras hermosuras.

Vimos la vuelta de los hinchas desde la Bombonera, van cantando hoy ganamos el partido, entre dieguitos y mafaldas, y llegó el primer adiós (este adiós SÍ maquilla un hasta luego), tengo que operarme la muela, a mí me están esperando mis viejos… y se volvieron dos a La Plata no más. Al resto todavía nos quedaba otro viajecito hasta la casa de Lucía en el Cielo con Diamantes, lo maravillados que quedarían los cuatro fabulosos de Liverpool si pudieran conocer a la personificación de su canción, quién diría, y de otras canciones también, mientras nos maravillábamos nosotros, y un tacho hasta la estación en Once.

–No puede salir más de diez mangos– digo yo.

–¡¿Qué?! Te va a salir como $20, ¿en qué mundo vivís, viejo?– contestó el taxista, con esos aires que distinguen la mala educación.

–… (¿yo?, en Neverland.) Ah, debe haber subido en enero.

–Sí. – Fin del diálogo.

En fin, lo arreglamos en $15 y a esperar el otro tren, el gran tren Sarmiento para Castelar, che. Estábamos fusilados, no nos pasamos porque la nuestra era la última parada. Antes de llegar a home sweet home, pausa obligatoria en pizzería de última hora, una cerveza y un espumante para brindar, para brindar y tomar, para brindar y tomar y olvidar que habíamos regresado. Y llegamos a la reconfortante casa, con padres (“Arriba les dejé toallas” y esa forzosa invitación a una ducha obligada (lo que debíamos parecer, hermano)), hermanito, perra y sanguchitos esperándonos, cena silenciosa (muy buenos los sándwich) y brindis en el patio, tomándonos toda la bebida y todo el tiempo del mundo, conversando algunas pavadas del viaje. A ducharse uno por uno, salió la primera, el resto a descansar los ojos recostados en las sillas en el patio. Nos bañamos (ahora somos otros, eh, mirá vos el maravilloso accionar del agua y jabón y la ropa limpia) y seguidamente caímos rendidos en los colchones que nos llamaban a gritos, lo que quedaba era disfrutar placenteramente. A la mañana (mediodía), a mate y pan con mermelada, como de costumbre, de nuevo en el patio, y ya no era lunes, sucedió como la hermosa metamorfosis de mañana a tarde que le dan a los sábados su peculiaridad, así como si nada. Nosotros negando y resistiendo en todo momento la idea de que habíamos vuelto, un poco de balompié, arribaron las hamburguesas completas, y las fotos, y entonces vi lo más parecido a una canción calamaresca, un grupo de personas conociéndose y reconociéndose a través de fotos de otros tiempos de otros lados, cómo la vida los había vuelto a juntar nada más ni menos que en un viaje a Tucumán y ahora en el hermoso patio trasero de una casa en Castelar, provincia de Buenos Aires, simplemente novelesco. Y mientras pasaban las fotos llegó el recital de flauta y guitarra, el solo ricotero de jijiji, y llegaron las seis de la tarde, y hay que ir yendo, se nos hace tarde, otra vez vencidos por el tiempo los despedimos en plaza Miserere, y volver a la rutina que me lastima cuando todavía no se hace hábito, cambiar los cerros por el cemento, la carpa por la cama (bien), el cielo azul por el gris, los cóndores por las palomas empetroladas, el andar en grupo por el andar solo; pero qué importa, che, fijáte todo el tiempo que disponemos, si recién empezamos, además todavía quedan las fotos, el asado, tardes en el bosque intentando tocar el charango–flauta–guitarra–malabares, la gente que pasa, mira, no deja monedas, pizza, cerveza, noche de desvelo en el balcón, ¡qué hermoso!, y quién te dice de otro viaje… Y se le acabó la leche al nene, el pucho a ella, el mate al viejo y a la vieja, y a mí se me terminaron las palabras y la nostalgia. Y colorín colorado…

FIN.

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Responses

  1. espetaclar juani muy bueno segui asi espero la proxima nota un abrazooo es muy buenoo el materialll

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  2. estas echo un desabatoo un abrazo muy buenoooo piratin

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  3. Josema no seas mentiroso!!!!
    está bien que va mejorando de a poco…. pero todavía no es Gabriel García Marquez.

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  4. Juanito!!
    La noche no quiere llegar, y yo sigo viviendo como si fuese de dìa, entonces me acorde de que alguien dijo “abrí un blog”.
    No sabés lo lindo que fue leerte, hacés de lo simple algo hermoso….me acuerdo…así se sentía, novelesco.
    Me viniveron miles de situaciones a la cabeza que me había olvidado!
    Dónde esta el cuaderno de viaje? nunca lo lei completo creo, busquemos una copia!
    Nos estamos viendo estos días =)
    Linda forma de empezar…

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