Posteado por: Fabricante de mentiras | 29 junio, 2009

Levedad

<<Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.>>

RUIZ ZAFÓN, Carlos. El Juego del Ángel. Buenos Aires, Ed. Planeta 2008

 

Hola, nueva semana: nueva historia. “Levedad” del 24 de febrero de 2008. Este cuento es el primero que hice público, por decirlo de alguna manera, que se lo di a leer a todos mis conocidos, a algunos contactos del correo. La cita me viene al pelo (no es que me crea un escritor, “él era un escritor, se la daba de…”) porque fue por el primer cuento que recibí un elogio (tiene un día de diferencia con el anterior relato), y fue de una chica de la que no esperaba ningún comentario, una chica conocida de Comodoro, una chica más de los contactos del MSN a quienes les envié mi cuento con la intención de que lean, si no es a mí al menos que lean, está bueno leer. “Muy lindo, Juani, me gustó el final” rezaba su comentario. Gracias. Tal como me hizo notar luego un compañero del viaje al norte, en este cuento puede que predominen paisajes o ideas inspiradas en ese viaje. Que lo disfruten.

 

Por otro lado, ayer elecciones, bien, no voté, esa contradicción del deber ser y el no querer cambiar mi domicilio a Capital, lo que valió 2 hs. de cola en la comisaría, pero lamentablemente gana el PRO (¿no notan una derechización mundial? es peligroso), ya tengo cuento para eso.

 

Próximamente las secciones Canciones y Sueños Locos… Hasta la próxima. Salud, Juani

 

P/D 1: Hoy vi a Diego Korol

P/D 2: Escuchen “¿Están dopados los enamorados?” de Gabo Ferro, si no la encuentran pídanmela.

 

Levedad

 

          Había una vez un hombre mayor que habitaba en un lejano y recóndito lugar en medio de las montañas altas, verdes pastizales, picos nevados y cascadas y manantiales a su alcance, puestos allí por las manos de la Madre Naturaleza. Era un verdadero paraíso, y en el medio de aquél vivía en un precario ranchito, al que le gustaba llamarlo “mi modesto castillo”. Por la mañana té y pan tostado, ordeñaba y alimentaba a los animales, leche fresca, y la no tan fresca quedaba para algún quesito casero, y luego a cosechar, arar y recolectar diversas frutas, verduras y hortalizas de su humilde huerta para el almuerzo; prefería hacerlo con una hoz, nada de máquinas, además le hacía recordar esa insignia que llevaba orgulloso en el pecho en su juventud de militancia. La tarde pasaba rápida entre mate y mate, si no había mucho que hacer ensayaba algún versito para recitarlo por la noche, que, creo, era su única razón de vivir. Luego de la cena, a la luz de los últimos rayos del sol (en aquél lugar no había electricidad, tampoco gas), solitario rasqueteaba el plato, y de reojo miraba los portarretratos de sus amores, su mujer y su hijita, que ya no estaban con él, de esa manera no se sentía tan solo. Y claro que no lo estaba, porque después de comer y tomar algo de vino patero iba hasta el corral y sacaba ese hermoso unicornio blanco, blanquísimo y suave como la misma blancura, como la nieve, como las nubes, entonces salía a recorrer el cielo estrellado, a recostarse sobre alguna estrella, o sobre la Luna cuando se podía, y entonces sentirse más cerca de sus amores y cantarles una copla, y así pasaba sus maravillosas noches, se quedaba dormido en alguna constelación con el delicado canto de algún angelito, por el frío no había problema –fabuloso calor estelar. Al amanecer se encontraba de nuevo en su cama hasta despertar del todo y otra vez a volver a las tareas del día; alguna que otra mañana una escapada hasta el pueblo para los víveres y los cuentos fantásticos y el carbón recién sacado del fuego para alimentar al unicornio y a la dragón respectivamente. Una vez al mes volvía obligadamente al pueblo, a cobrar su jubilación en concepto de sus años de servicio ypefianos y a pagar… nada, era un hombre hijo de la naturaleza, y regresaba a su humilde edén, donde prefería quedarse hasta que se manifieste la noche.

          De vez en cuando sacaba a pasear en la negrura de la noche a esa hermosa y gran criatura violeta, su preciada dragón, heredada de épocas remotas de dragones, caballeros de mesas redondas y princesas raptadas. Ella, la mayoría de las veces, se rehusaba a salir, sintiéndose avergonzada, inútil, culposa, tras el trágico incidente en el que una tarde madre e hija, jugando peligrosamente con la dragón, cayeron al vacío por el desbarranco de una ladera; él no podía mirar hacia aquél abismo, pero de ninguna manera era rencoroso, no había malicia alguna en ese hombre, sabía que la bestia nada de culpa tenía por la imprudencia producida por la adrenalina y la diversión con que jugaban esos corazones. 

          Y así transcurrían los días del buen hombre, llenándose de vida por las noches. Una vez, con el unicornio impecable, partió hacia las alturas, pero no vio ninguna estrella, tampoco encontró la luna, y perdió toda la noche buscándolas. Recién amaneciendo se percató: era la luz de la civilización, no le molestó demasiado, al menos el cielo seguía siendo suyo. Pero con el pasar del tiempo el volver a tierra también se volvió, digamos, peligroso. El agua ya no era potable (o sea, con la mísera jubilación además debía comprar bidones), el alegre y abundante cultivo era ahora amargo y marchito, pronto enfermó el unicornio, la ida al pueblo se imposibilitó por la crecida del río, y que ni se le ocurra asomarse con la dragón a esa sociedad castigadora y malvada, seguro iban a hacerle daño y luego la encerrarían. Entonces ya no había coplas ni mañanas campestres, el cielo celeste de día y negro de noche fue cambiado por un monótono gris, estado deplorable de la naturaleza, su castillito se vio rodeado de otra especie de castillos, sombríos y  humeantes, gran jungla de cemento, mucha luz artificial, mucha desolación y autos manejando gente. Algunas noches salía con la dragón, pero ya no era lo mismo, había que cuidarse de esos gigantescos pájaros metálicos que pasaban a todo ruido y toda velocidad, aviones, helicópteros, papá noeles motorizados, grandes y luminosos carteles publicitarios y, cuando la cosa se ponía brava, algún que otro oscuro misil, todo esto gracias a los maravillosos avances de la ciencia y la técnica.

           Ya el unicornio no lo resistió más y fue el primero en irse, a la dragón no le quedó mucho tiempo después, se extinguió su llama y con ella el resto del deteriorado cuerpo. Ahora sí concibió la soledad y bronca también, y ya no se sentía parte de, y empezaron las cuestiones del tipo: ¿qué hice yo para merecer esto?, ¿por qué yo?, y maldijo toda construcción humana asesina de la naturaleza y del hombre, el plástico, la basura, la industria, el automóvil, la guerra, el robo, el hambre, el odio, la envidia, el poder, la codicia, la avaricia. Horas pasó con estos pensamientos, con hambre, frío, soledad, pobreza, más tarde empezó a canturrear muy bajito, me pareció distinguir versos de El Fantasma de Canterville. Esta situación no daba para más.

 

          Pero qué magnífico y glorioso fue el día siguiente, todos los males se habían disipado. Volvió a ver su estancia a campo abierto bien verde, su unicornio y su dragón saludables y majestuosos, entonces decidió pasearse por su sencillo reino, y del corral vio aparecer a su pequeño amorcito, ¡qué crecida y preciosa que estaba su hija!, y detrás de ella la madre, su mujer, su amor,  más hermosa que nunca, un beso y un fuerte abrazo, volvían los tres, la familia. A este enternecedor cuadro se sumaban sus viejos, e increíble, también sus nonos y  tíos, tal y como los recordaba. Entre emociones y llantos, entraron todos a la casa para compartir unas tortas fritas hechas por ella, unos mates para los grandes y un té para la nena, y nuestro hombre ¡nunca antes tan feliz!… Todo volvió como antes, mejor aún, porque estaban todos los queridos, no había ningún mal cerca de ellos. Ahora veía todo muy plácidamente, desde una perspectiva diferente a la de hace un tiempo, y se sentía como si hubiera descargado una mochila de toda la vida, mucho más liviano. Por supuesto, ahora pesaba solamente veintiún gramos.

 

FIN.

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Responses

  1. bueniiiiisimo Juani!!!! que belleza! el final lo mejor, cierra perfecto, poetico, filosófico, cómo contaste la forma que murieron los dos amores del hombre fue hermosa! escribe siempre!, besos.

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  2. Kundera una vez habló de una insoportable levedad del ser; este relato podría ser la contracara, una levedad exquisita y libertadora.
    Genial Juani, un placer leer tus “mentiras”, que lejos están de serlo.

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