Posteado por: Fabricante de mentiras | 10 julio, 2009

Confesiones

¿Cómo están? El anterior relato dio origen a una seguidilla de cuentos delirantes, he aquí el segundo, del 3 de marzo de 2008, espero les guste. Está basado en muchas canciones, si alguien las adivina, le regalo un… chocolate Kinder… Que estén bien, no se engripen. Hasta la próxima, inaugurada la sección Canciones.

Confesiones

“… Fantasía o realidad,

a esta historia le da igual…”

CALLEJEROS – Fantasía o Realidad.

Ya hace un tiempo largo de esta historia, en una plaza en Buenos Aires, créanlo o revienten.

Como les dije, me encontraba yo sentado en un banco de Plaza San Martín en el barrio de Retiro, mientras el sol se escondía atrás de los edificios. Unas facturas recién adquiridas en lo del gordo de la esquina y un nesquick frío fueron las herramientas adecuadas para mirar pasar el día, se me había antojado esa merienda evocadora de momentos infantiles en casa. Me acompañaba un libro, ideal para distraerme mientras veía a los chicos saliendo de la escuela, a los autos llevándose a la gente del trabajo a la casa, a los chicos modernos mandándose besos por celular, y a los ancianos… No, a esa hora no paseaban ancianos, o estaban en su cálido hogar ó, con menos suerte, juntando cartones ó, los más desafortunados, ahora estaban mirando crecer las flores desde abajo.

En un instante de esos alzo la vista y diviso la paloma más horrenda que jamás haya visto, posada justo sobre la cabeza de la estatua del Padre de la Patria, y yo indignadísimo (es que no tenía nada que hacer, ustedes comprenderán) junté una piedra del suelo y la arrojé hacia ella con la intención de que dejara en paz a nuestro venerable prócer, a nuestro gen argentino. “Trágame tierra” fue lo único que me salió al ver que el impacto de la piedra con la estatua había producido su derrumbe, quedé paralizado, ¿cómo pudo ser eso?, semejante estatua venida a menos por una piedrita. Dirigí mi vista hacia todas las direcciones y fue rara pero grata la sorpresa de no ver a nadie en todo el lugar, incluso en las calles no había tránsito de automóviles y peatones. Y, para sumarle más locura al asunto, de detrás de los escombros se aparece él, mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. Refregué bien mis ojos, no podía creerlo, primero el derrumbe y ahora esto, todo demasiado real, me atuve a creerlo y a reír por dentro. Me acerqué al señor y le estreché la mano: “Sr. Ferrer, siento una gran devoción por su balada con música de Piazzola, me la hicieron escuchar una vez y desde ese mismo momento me volví admirador. Después incursioné un poco más, sobre la música de Astor, Ud. comprenderá, un novicio como yo sin mucha idea sobre la músi…”. Y me callé sorprendido al ver que él solamente sonreía afablemente y tenía la mirada perdida en algún punto lejano. “Tome, por favor, sírvase” y le ofrecí una factura y mi vaso de chocolate, que él recibió gustosamente y con la misma expresión en la cara, y mientras le estrechaba y sacudía de arriba abajo la mano y todo el brazo noté que el hombre delante de mí no era más que un vagabundo que, después me contó, estaba durmiendo antes de que su cama se demoliese. No pude hacer otra cosa que asustarme, extrañado por la situación, y tratando de mantener la cordura y la calma me alejé un poco bastante de esa zona. Ya anocheciendo me largué a caminar por la Florida, desierta como nunca, las manos investigando los bolsillos en busca de nada y la mirada vacía, todavía aturdido por el suceso anterior. Pero el día todavía no iba a terminar, a dejarme tranquilo así no más, porque en unos minutos la vi a ella, era Lucy in the sky with diamonds, había bajado un rato a la tierra, con sus diamantes y sus hermosos ojos caleidoscópicos, me emocioné lo suficiente como para tomarla de la mano y juntos empezamos a entonar: “Picture yourself in a boat on a river…”, y llegando al final del himno me estremecí y rápidamente retiré mi brazo de sus hombros, porque en realidad no eran los hombros de ninguna Lucy, estaba cantando abrazado junto a un cesto de basura. Me dolía terriblemente la cabeza . “¿Pero con qué porquería rellenaba ese gordo sus facturas?”. Me dirigí al hospital más cercano, estaba vacío como toda la ciudad, pero por algo presentía que alguien podía atenderme, entré al consultorio sin golpear:

–Doctor, por favor ayúdeme, estoy viendo cosas raras y se me parte la cabeza al medio.

–Lo que pasa es que usted es un pelotudo de pies a cabeza, por eso, usted es un idiota, un imbécil… –yo no podía creer lo que escuchaba de bocas del doctor, y cuando lo reconozco lo entendí, era el Dr. Tangalanga, que en otras ocasiones me ha hecho llorar de la risa y ahora solo aumentaba mi dolor y mi locura. –… un tarado, un reverendo pelotudo– podía seguir oyendo mientras me iba.

Corrí desesperadamente por la ciudad desierta, como un completo desconocido sin dirección a casa, tal como una roca ondulante. Y como en una pesadilla, todo se detuvo, y yo movía mis piernas pero no iba a ningún lado; entonces aparece ella, que fue por esa vez mi héroe vivo, bah, fue mi único héroe en este lío, la más linda del amor que un tonto ha visto soñar, y me dice:

–Ya te dije que dejes de escuchar esa música y dejes de leer esos libros que te atrofian la cabeza, me decepcionaste. Ahora tomate esta pastillita y vení a desayunar. –Y su voz se fue pausando y haciendo cada vez más grave, y su cara se estiraba en todas direcciones, y la ciudad y la calle se desvanecían y se desformaban, y cerré los ojos y me desmayé plácidamente.

No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente, pero cuando desperté sentí ese fuerte olor mezcla de alcohol etílico y lavandina que distingue a los hospitales. Me encontraba solo en una habitación postrado en una cama, con cablecitos que salían de mis muñecas, de mi pecho, de mi cabeza y se dirigían a una gran computadora; yo no podía recordar ese lugar, no podía recordar más que esa terrible pesadilla que acabo de relatarles. Sobre una bandeja había un recorte de un artículo periodístico, alcancé a ver el título antes de que se abra la puerta: “Médico despojado de su matrícula por negligencia profesional”. Por la puerta se asomó una enfermera, muy parecida a mi héroe de aquélla escalofriante situación, y traía un desayuno. La saludo y le pregunto dónde estoy.

–No tiene de que preocuparse, señor –me responde amablemente. –Ya el Dr. que suministraba medicamentos fue suspendido, a cuestas de los pacientes él experimentaba, y las alucinaciones que Ud. sufría eran terribles efectos colaterales de esas sesiones.

–¿Pero cómo sabe Ud. acerca de mis alucinaciones? –Y la señorita solo se limita a señalarme los cables de mi cabeza y la computadora, y además me muestra una planilla con mi historial. Yo no entendía nada, todo eso me asustaba mucho, y volví a caer inconsciente.

Al despertar comprendí todo claramente, el malévolo Dr. ya no estaba, todos nos encontrábamos contentos, yo permanecía en mi habitación la mayor parte del día, tratando de escribir cuando podía. En eso la enfermera deja mi comida por una compuerta debajo de la puerta de seguridad, toda líquida de manera que tenga solo que utilizar sorbetes. La finiquito totalmente satisfecho y veo en la ventana el dibujo bien definido (por mi imaginación) de mi héroe, y sonrío y pierdo la mirada en ella mientras me mezo sobre mis piernas. Ya no me duele la cabeza y soy feliz, y por lo visto todo marcha sobre ruedas en el manicomio.

FIN.

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