Posteado por: Fabricante de mentiras | 15 julio, 2009

Dame una mano, dame la otra

Hola, post desde la ciudad de Comodoro Rivadavia. Cuento raro, loco, lindo, del siete del 3 de 08, qué se yo. Espero les gute, hasta la próxima. Ciao, que estén bien. Juani.

 

Dame una mano, dame la otra

          Todos los días ellas mueren un poquito, las limamos, las cortamos y las mordemos, y ellas caen al suelo, apenas si las escuchamos gritar antes que estrellen, después al tacho –si es que no corren la desdicha de quedar tiradas y abandonadas en algún rincón, alguna esquina–, de allí al basural, y con ellas se va un pedacito de vida.

          Cansadas ya de este maltrato y de ver imposibilitado su crecimiento como seres vivientes, las uñas llamaron al Primer Congreso Internacional de la Organización de las Uñas Unidas, presidido por la gran Uña Mayor, que habitaba hacía ya 93 años en el dedo gordo del pie de una regordeta señora con la misma cantidad de primaveras. Cuando vieron que no podían reunirse todas juntas por razones obvias, entonces procedieron de la siguiente manera: las 20 uñas que conformaban cada cuerpo humano delegaban a un representante –que por lo general siempre resultaba algún dedo gordo–, y éste se comunicaba con los otros representantes de los demás cuerpos por medio de palomitas (de maíz) mensajeras, tediosa tarea que ocupaba bastante tiempo por la dificultad de enviar los mensajes con total discreción (las personas no podían enterarse de lo que estaba sucediendo, caso contrario frustrarían cualquier intento de las uñas) y por la cantidad de uñas repartidas en todo el mundo. Luego de 17 años de mensajes (de verdad era un trabajo pesado y que requería mucho tiempo y paciencia, lamentablemente la Uña Mayor presenció solamente 4 de esos 17 años, por causas que todas comprendieron tristemente), discusiones y acuerdos, las uñas llegaron a la determinación de tomar represalias contra la represión y tiranía ejercidas inocentemente por las personas contra su posibilidad de crecimiento y desarrollo como uñas libres. Y llegaron las medidas de fuerza, de extrema dureza sobre todo, a partir de las 00.00 horas de ese mismísimo día.

          Eran alrededor de las 8.15 de la mañana siguiente, y un estudiante esperaba nervioso rendir la última instancia de un final, antes de tener que cursar otra vez esa terrible materia. Se acerca la profesora y deja sobre el banco una fotocopia del examen, él al mirar las consignas automáticamente comienza a sudar y se muerde las uñas, menuda sorpresa se llevó cuando se le aflojaron los dientes con los que las había mordido, interesante brote de sangre, el pupitre hecho un collage de lapicera, examen y manchas rojas; él: aplazo, ellas ni un rasguño. No mucho más tarde, en otro lugar, una mujer se disponía a pintarse las uñas, cuando las iba a emparejar la lima se le desafila toda, prueba con otra y sucede lo mismo, atónita toma la tijera y en el momento en que pretende cortarlas, la tijera se triza y se rompe con la fragilidad de una copa. Miles de cuerdas de diferentes instrumentos rotas por un sencillo rasguido, caras y cabellos dañados por una caricia, e interminables ejemplos que arañaron la cotidianeidad.

          Las uñas se regocijaban, creciendo grandes, fuertes y robustas, rebosantes de vida como nunca antes. Así fue pasando el tiempo, que es lo único que el tiempo sabe hacer bien, y las personas fueron acostumbrándose a uñas que llegaban a los diez centímetros, creyendo que era algún tipo de virus temporal que iba a caer en cualquier momento. Pero no pasó mucho tiempo más hasta que los humanos se hundieran en la desesperación por sus uñas grandes e irrompibles, invadidos por el temor y los nervios ante esta espantosa novedad corporal, y después de haber intentado cortarlas con cuanto elemento cortante existe, optaron con total pena y terror por cortarse las extremidades. Se atestaron todas las carnicerías y formando fila las personas se liberaban complacientemente de los pies y de las manos, que parecían tener vida propia.

          Aquí comienza una etapa curiosa de la historia, porque efectivamente los pies y las manos tenían vida propia. Ellos se dedicaban a criar y cuidar a las uñas hasta una edad prudente, momento en el que ellas partían y desarrollaban oficios que su capacidad les concedía, a saber: uñas peluqueras, uñas jardineras, uñas modistas, uñas especialistas en fileteado porteño, uñas escultoras (lo que se conoce como uñas esculpidas), y otras artes y oficios por el estilo. Cuando los pies y las manos quedaban despojados de las uñas se dedicaban a lo que más les gustaba, los pies se desenvolvieron plenamente en el fútbol, organizaban campeonatos mundiales, se reunían los pies futbolistas y los amateurs y jugaban y se divertían todo el tiempo. Las manos se dedicaban a otras cosas, como escribir novelas, cuentos y relatos de su reciente libertad, ser escultoras (trabajaban en conjunto con las uñas), hacían sombras chinescas, y otras artes y oficios por el estilo. Claro que el lapso en que desplegaban estas actividades era de un par de años, hasta que el incremento físico de las nuevas uñas se los permitía y no entorpecía el desarrollo de los quehaceres, entonces las manos y los pies volvían a ocuparse tiernamente a la crianza y el crecimiento de sus inquilinas.

          Por su parte, las personas ya sin extremidades y a causa de ello, resolvieron como primera medida deshacerse del dinero y de cualquier tipo de armas (es que por más que lo hayan intentado, no había modo de utilizarlos), fundiéndolas y donándolas a las manos, que luego las convertían en obras de arte. De este modo se deshicieron también, y sin darse cuenta, de toda relación de poder entre ellas mismas. Así es que las personas se vieron forzadas a utilizar más la cabeza, de modo que comenzaron a apreciar el mundo que los rodea y a apreciarse mutuamente de una manera distinta. Valoraban y descubrían con la mirada, con el oído, con el olfato (ya no había olor a queso). Pero lo más admirable fue el modo en que prosperó el uso de la boca, ahora reían más (contaban más chistes y discutían menos), cantaban más y se besaban más, y de allí desembocaba el acto de amarse. Cuando nacía una nueva persona, lo primero que hacían los padres era cortarles las extremidades, siempre entendida esta práctica como una buena acción para el bebé y para los demás, nada de feas y horrendas mutilaciones ni mucho menos; años más tarde, la selección natural darviniana se encargó de que las nuevas generaciones nazcan como sus procreadores. Cuando era temporada, iban las personas abrazadas a presenciar las presentaciones y exposiciones de las manos y de las uñas, y a ver los emocionantes partidos de los pies. Y así vivieron felices para siempre.

          Descansado por ya no recibir manos cruzadas ni señales de la cruz para el rezo, Dios se dijo a sí mismo: “Pucha, digo, de haberlo sabido antes”, y tentado por la curiosidad y la sana envidia que sentía por la felicidad de esas personitas, Él también se cortó las extremidades, y bajó un ratito a la Tierra a sentirse. Y ahora sí vivieron todos felices para siempre.

 

FIN.

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