Posteado por: Fabricante de mentiras | 8 agosto, 2009

Caminata insensata

No recuerdo bien de dónde salió este cuento, ni qué fue el disparador para escribirlo. En fin, después de unas desmerecidas vacaciones porcinas vuelvo a subir una mentira más. Espero les guste, hasta la próccima, Juani.

Caminata insensata

Dejó su casa atrás con un estrepitoso portazo y comenzó a caminar. Se llevaba la gente por delante, con una cara fija en la nada misma y su cuerpo escondido debajo de su sobretodo. No daba pasos, eran zancadas las de aquél hombre. Todavía recordaba las voces de su familia suplicándole que no se vaya, que se quede con ellos, pero él igualmente se marchó, creyendo tener un propósito.

Caminó, caminó sin cesar, sin ciceron, sin ningún emperador romano, y caminó. Sus pensamientos se acumulaban y arremolinaban  en su cabeza, produciendo un fuerte dolor, pero nada le importaba más a nuestro personaje que seguir caminando.

Perdióse la cuenta del tiempo en que caminó el hombre, atravesando ciudades, multitudes, tempestades, él siguió caminando.

Se sintió agotado, se detuvo una noche cualquiera en una calle cualquiera de un lugar que desconocía y buscó algo en el bolsillo. Hurgó una y otra vez sin resultado, los bolsillos interiores, las medias, el calzoncillo, cualquier lugar en el que podría estar guardado, semi desnudo maldijo a grito pelado: “¡No puede ser! Perdí la dirección”. Y comenzó a sollozar cual niño buscando a su madre en el supermercado. Desconsolado se quedó dormido en la vereda. Al día siguiente se recompone, se termina de vestir y entra a un café, pide un ostentoso desayuno y con el ánimo totalmente cambiado llama a su casa desde una cabina.

El teléfono suena una vez, des veces, tres veces, a la cuarta se escucha que levantan el tubo:

–¡Mi amor! Soy yo, te extraño, vuelvo con vos y con los chicos, mañana mismo estoy en casa.

–Papi, hay un hombre al teléfono, me parece que quiere hablar con mamá–. Nuestro hombre no entiende nada.

–¿Hola?– Es la voz grave y rigurosa del hombre de la casa, y ahí nuestro personaje entiende, cuelga y se desploma en la cabina.

Creo que nadie supo de él, hasta veinte minutos más tarde cuando una anciana que pasaba por allí ve el cuerpo tirado en la cabina de teléfono. Llama a la ambulancia, cuando llega y lo revisan no hubo diagnostico alguno. Las palabras de los paramédicos fueron determinantes: “Este hombre ya no tiene vida.”

FIN.

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Insulte tranquilo

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