Posteado por: Fabricante de mentiras | 10 agosto, 2009

La grieta

Hola, hola, hola. Otro cuento loquito, del 29 de julio del año pasado. Espero que les guste, que estén bien.  Saludos, Juani.

La grieta

Al niño que tenemos dentro.

 

           Fulgencio estaba jugando con su Batman, haciéndolo combatir contra unos cuantos pelotones de soldaditos de plástico, mezclados con un par de cowboys e indios a caballo, enormes batallones comandados por el malvado Ken de su hermanita. Había ya derribado unos cuantos rivales cuando sintió hervir el agua de la pava que había puesto a calentar hacía un rato. Los dejó peleando arriba del sillón (que en realidad era un cerro con un gran barranco hacia las baldosas del living, o sea, el bravo mar) y se dirigió a la cocina, sacó una taza, colocó el saquito de té y sirvió el agua. Misterios inexplicables de la naturaleza, cuando vertió el agua dentro de la taza ésta comenzó a agrietar.

–¡Uy! –dijo, y se dio vuelta para ver si algún adulto lo estaba observando. Inmediatamente recogió otra taza para volcar lo que quedaba de la anterior y mágicamente no solo pasó el líquido, sino también la grieta. Mezcla de sorpresa, temor y reflejo ante la quemadura que le produjo el agua caliente y el traspaso de la grieta, Fulgencio dejó caer la taza al piso, y para su sorpresa, la mía y la de ustedes, la grieta se abrió paso en  el suelo.

            Sin dudarlo, buscó a su madre en el dormitorio y bajaron corriendo las escaleras del edificio. Alejados una cuadra, ven como su casa se acaba de derrumbar, y también ven como la calle se está abriendo a la mitad. Corren hasta la comisaría e informan a los policías sobre el suceso. Para cuando la policía tomó cartas en el asunto, ya la grieta había avanzado bastante por la ciudad, dejando miles y miles de accidentes y accidentados, edificios derrumbados, automóviles y personas hundidas en esa terrible grieta, que si bien no era tan ancha era lo suficientemente profunda como para que aquello (y aquellos) que caiga (caigan) no vuelva a recuperarse. En cuestión de un par de días, el municipio había replegado por la destrozada ciudad carteles de “CUIDADO: Hombres trabajando”, que, por supuesto, estaban de adorno. La grieta había hecho lo suyo en la ciudad, pero siguió rumbo por el resto del país, y qué mejor manera que hacerlo por la ruta. Esto significó infinidad de desastres y trágicas muertes. La Iglesia le echó la culpa al resto de la sociedad, como es común, diciendo que por sus pecados ahora el infierno se hacía presente. Los empresarios culparon a sus empleados por la mala perforación de pozos de hidrocarburos. Los místicos temían por la invasión de los hombres topo. Y cada uno se preocupaba por salvar su ranchito y que sálvese quien pueda, y que esto fue culpa suya.

           Fulgencio se sentía muy apenado, no entendía que todo había surgido a partir de un té caliente, justo ese día no había leche con cacao.

          La gente se atemoriza, queda dividida en distintas parcelas que va formando la grieta, exigen ayuda al gobierno nacional, sin ninguna respuesta de éste. Tiempo después descubren que la cúpula del Poder Ejecutivo había tomado un avión hacia las altas montañas, donde todavía no había llegado la devastadora grieta, y habían escuchado declaraciones igualmente devastadoras de su propio Presidente: “Vamos, que se vienen a preocupar ahora, que se embromen, a lo largo de toda la historia hubo pobres, gente muriéndose de hambre, perdedores, bueno, ahora le toca a ellos”.

          Mientras la grieta, sin pedir permiso, había atravesado al país, y para peor, se había ramificado, es decir, los cuatro puntos cardinales se veían fatalmente afectados por igual.

            Entonces la ONU convoca a una gran reunión internacional, a modo de “La Liga de la Justicia”, que derivó en algo no muy diferente a la actitud antes mencionada del gobierno nacional. Para tapar un poco este bache ético – moral, organizan un gran evento musical, encabezado por U2, que siempre poseen buena predisposición para este tipo de  campañas. Organizan, en la medida que fue posible, una gira mundial, y apaciguan un poco la ansiedad y desesperación de los habitantes del planeta.

           Un grupo de nobles científicos descubre que la grieta posee una gran afinidad por los cerámicos, llegaron a esta conclusión luego de analizar cierto número de accidentes en los cuales encontraron el mismo patrón: lo primero en destruirse, y a la vez lo más ferozmente destruido por la grieta, eran los baños y las cocinas. Así fue que tentaron a la grieta con un camino construido de cerámica que conducía al mar. Consiguieron dirigir la grieta y todas sus ramificaciones hacia el océano, pero también lo que lograron fueron grandes olas y desastres marítimos, se dividieron las aguas cual historia bíblica, comenzó a secarse el mar a causa del desagüe por medio de la fisura. Además, la grieta llegó a los otros continentes, las zonas desérticas volviéronse  islas, las zonas árticas produjeron millones de cubitos de hielo, las pirámides egipcias venidas a menos en un parpadeo (aquí curiosamente se descubrieron grandes estructuras metálicas debajo de los escombros, se dijo que podían ser los milenarios platillos extraterrestres que ayudaron a su construcción, lo mismo ocurrió en algunas construcciones del viejo continente y del nuevo mundo).

            Esto no podía seguir así, así que el Tío Sam tomó (o al menos intentó) el toro por las astas. La primer medida fue detener a Fulgencio, interrogarlo hasta el cansancio (para estudios posteriores sobre la grieta) y mantenerlo bajo custodia, por causante de esta hecatombe. Luego se resolvió que lo mejor era derivar la grieta al espacio exterior, pero las dudas eran sobre las consecuencias, ¿se agrietaría el espacio? ¿Caeríamos a la nada? “No podemos quedarnos cruzados de brazos”, y lo que faltaba era elegir un voluntario para tal misión. Naturalmente nadie quería arriesgarse, todos se aferraban a lo que les quedaba, sus pertenencias hechas fragmentos, miles de años de mala suerte, culpa de la fragilidad de los espejos y cantidad incontable de calamidades realmente preocupantes.

            –Bueno, yo siempre quise conocer la Luna –fueron las palabras de Fulgencio, y los jerarcas de la NASA, ni rápidos ni perezosos, encaminaron a Fulgencio hacia la nave. Él estaba chocho, ahora estaba en una nave de verdad, no en una gran caja de cartón, con un montón de botoncitos, un traje a su medida, gravedad cero, el sueño del pibe, ansiaba ver a E.T., pero los señores le dijeron que era poco probable. El plan ideado era el siguiente: por medio de vajilla y diversos cerámicos guiarían a la grieta hacia un compartimento desmontable del cohete espacial, una vez que se encuentre fuera de la atmósfera, darían desde Houston la orden a Fulgencio de oprimir el botón correspondiente al desmonte de la cápsula en que se encontraba la grieta. Misión cumplida con éxito, el raro fenómeno de la grieta se perdió en el tiempo y el espacio.

            Pero Fulgencio, como cualquier niño era algo inquieto, y cuando vio una palanca que parecía el volante de la nave, la tomó y comenzó a manejarla. Así fue que, con algo poco de precaución y bastante coraje, Fulgencio logró aterrizar en la Luna. Bajó dentro de su pequeño traje y se sentó dentro de su cráter a dormir un rato, “a la luz de la Luna”, pensó. Cuando despertó se encontró con los habitantes de la Luna, los Lunares y los Lunáticos. Rápidamente hizo amistades con los primeros, morochos, petacones y rechonchos, jocosos todo el tiempo. Los Lunáticos eran lánguidos, altísimos y pálidos, misteriosamente distantes, pero buenos tipos. La vida de Fulgencio con estos personajes ya es otra historia, pero lo que les puedo decir es que desde la distancia lunar, observó su planeta y pensó y comentó con sus nuevos amigos los equivocados que estaban sus pares allá en la Tierra, cuando se peleaban y debatían las miserias que les quedaban, en vez de preocuparse por unirse y reparar los daños causados. Pensó que no estaría mal esperar allí algún tiempo, hasta que la Tierra fuese normal y moralmente habitable otra vez.

 

FIN.

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