Posteado por: Fabricante de mentiras | 19 agosto, 2009

Si dormir fuese tan fácil

Hola, este cuento que les presento es del 20 de agosto del 2008, y es el primero en el que dije: “epa, me gustó lo que escribí”. Después me llené de estúpida vanidad y orgullo, y me gusta todo lo que escribo. En fin, espero que les guste, sean felices y coman perdices. Ciao, hasta la próxima.

Si dormir fuese tan fácil

No sé bien por qué, el hecho es que duermo de cara a la pared, duermo así y me despierto así, no logro conciliar el sueño de otro modo, exceptuando algunas pastillas. Yo siempre creí que la cuestión pasaba por dormir de mi lado izquierdo, pero diferentes mudanzas y camas y paredes me demostraron que esto no era como yo creía, sino efectivamente, sólo puedo dormir de cara a la pared.

Nunca me causó esto ningún tipo de problema, más allá de alguna que otra reubicación de camas, o algún colchón en el suelo. Pero todo cambió el día en que conocí, me enamoré y me casé con Lucrecia.

Lucrecia era (es, todavía) una hermosa chica jujeña que vino a probar suerte a Capital Federal, y no encontrándola, me conoció a mí. Por mi parte, mi nombre es Enrique (un gusto, encantado de conocerlo), yo soy del sur, y vine a la ciudad capital para estudiar lo que siempre quise, para luego abandonarlo y dedicarme a trabajar, y era esa la única opción para permanecer en esta ciudad tan rica y tan pobre a la vez que te termina atrapando y obligando a depender de ella, y no hay tu tía. Entré a trabajar a una triste y desconocida agencia de ventas de artículos de cocina: Teflolandia, ollas y sartenes para las doña Mirtha, doña Teresita, Susanitas e infinidad de doñas, y para algún buen samaritano con ganas de ayudar a un infeliz vendedor de cacerolas.

Con Lucrecia decidimos vivir juntos y alquilamos un monoambiente, ella hacía de ama de llaves de los departamentos de al lado (según me decía, yo no tengo pruebas comprobables, ni siquiera comentario de los vecinos), y yo seguía tratando de subsistir vendiendo ollas. Nuestro mayor ingreso provenía de la venta de pelo, nos lo dejábamos largo hasta la cintura, ella hasta los tobillos, y lo vendíamos muy bien, pelo virgen que le dicen, pues nunca nos dio por hacernos el jopo de Palermo, o los reflejos de Shakira y todas esas cosas y raros peinados nuevos, somos sencillos y simplones provincianos, creo que eso era lo que nos unía, y aquí debo sincerarme, yo en el fondo, muy en el fondo sabía (y sabía que ella también lo sabía) que nuestra relación es de esas que se forman porque ninguno de los dos soporta la soledad. Era un tema tabú, y nos encargábamos de taparlo paseando, yendo a las plazas, haciendo el amor, yo yendo a la oficina (a la calle a ofrecer los productos), ella escuchando radionovelas por amplitud modulada, la piloteábamos bastante más o menos bien. Entones, cuando nos compraban el pelo, ahí nos dábamos el lujo de pagar alguna cuenta, y a veces, quién te dice, ir al cine a ver alguna de esas películas tan tontas, tan de moda, tan cine americano-comedia-romántica, que tanto disfrutábamos.

Pero no dejen que los distraiga, como les conté al principio, solo puedo dormir de cara a la pared, ¿y por qué todo cambió el día en que me fui a vivir con Lucrecia?, porque la cama estaba en el medio de la habitación, y eso es algo que mi mente y cuerpo no podían soportar, y debía solucionarlo lo antes posible, a pesar de haber soportado bastante bien la noche de bodas y el primer mes de convivencia. Nuestro monoambiente era exageradamente modesto y humilde: las paredes carcomidas y amarillentas por la humedad, para el que viene de afuera le da la impresión de un ambiente tétrico, cosa que ayuda la única lamparita tenue y parpadeante que cuelga de un cable en el medio de la casa, la pieza-cocina-living-comedor repleto de ollas, cacerolas y sartenes apiladas en las cuatro esquinas formando altas y desequilibradas torres (como si llevando el trabajo a la casa pudiese vender más, qué estupidez, me reprochaba siempre la hermosa Lucre), una diminuta cocinita anafe y una mesa de esas que de tan chica parece sacada de una casa de muñecas, pero donde come uno, comen dos (y así sucesivamente), una pequeña repisa a modo de biblioteca sobre la cocina. El baño más húmedo todavía, con la ducha rota haciendo salir un chorro uniforme, nos jactábamos de tener una cataratita climática. Aún así nos la arreglábamos con Lucre en la casa, porque no hacía nada, entonces no gastábamos en nada. Yo debía arreglar la situación de la cama en el centro, así fue que llegué un día decididamente al mediodía a nuestro ranchito, acomodé el portafolios sobre el colchón, besé a mi mujer y la senté conmigo.

–Lucre, tenemos que hablar –le dije con esa mirada que implica una mezcla de suplicio, ternura, seriedad, una mirada que ella también posee y a la que ninguno de los dos podemos resistir.

–Sí, ya sé –. Y ella inmediatamente se levantó y buscó las cuentas vencidas sobre la repisa y las dejó caer arriba de la mesa, entre los tantos impuestos pude ver una nota a mano, con la sutil inscripción: “¡Pagá, desgraciado!”, esa delicadeza que poseía el casero para hacerte llegar su mensaje.

–No, mi amor, he de confesarte algo –y ahora ella puso esa mirada, en la que resaltaba seriedad, severidad y sospecha–. Mirá, desde chico tengo la costumbre de dormir de cara a la pared, y con la pared tan lejos se me hace difícil.

–¿Vos me estás cargando, nene? –me dijo, con los cinco dedos juntos y agitando la muñeca de arriba a abajo.

–No, es en serio, ¿me ves cara de chiste, vos?… Mejor no contestes –le dije achinando los ojos y mirándola de costado.

–Creo que lo mejor es que te hagas un estudio o algo. ¿Y tu amigo? Ése que estudiaba psicología, a lo mejor te puede ayudar.

–Mmm, ¿vos decís? Bueno, si te hace bien y espero que a mí también (ojalá), entonces voy.

José Ignacio era el amigo al que ella se refería, era con quien yo compartía la pensión en los primeros años de estudio. Ciertamente, estudiaba psicología, pero solo hizo medio año, para luego cambiarse a geografía, el sabía que algo que termine con ía quería estudiar, y esa misma tarde me comuniqué con él.

–¡Nachito, querido! ¿Cómo estás, viejito? –siendo “querido” y “viejito” las palabras claves para entablar una buena y agradable conversación (cosa que uno aprende solo en las grandes ciudades y/o en ambientes hipócritas), lo que derivó en una cita en su casa para el día siguiente.

Toqué timbre y esperé, me recibió Ignacio, elegante como nunca antes (de verdad, nunca antes, y yo lo conozco porque viví con él), y me hizo pasar. Yo intenté disimular mi asombro y sorpresa ante semejante mansión, nos sentamos en unos cómodos y amplios sillones de cuero. Pude ver colgado su diploma en lo que parecía ser su oficina de trabajo, repleta de mapas, globos terráqueos, libros.

–Nachito, gracias por recibirme, hermano. Te comento, estoy transitando un pequeño problemilla y lo que menos quiero es joder a la buena de Lucre, y es por eso y por ella que hoy y ahora estoy acá.

–Hum, ¿vos la querés? –me preguntó, arqueando las cejas.

–No, no es eso… –y rápidamente me interrumpió, sin dejarme proseguir.

–Ah, no la querés. Entonces explicáme por qué estás con ella, no te castigues, hermano. Mirá, nunca te lo dije, pero qué se yo, te lo digo de alma, dedicáte a terminar los estudios, te venís a laburar conmigo, te mudás a un espacio más grande, conocé a una mina que no te mande al psicólogo porque vos no la querés. Pensálo –y sin dejarme articular palabra estuvo redondeando las mismas ideas una y otra vez con grandilocuencia por un largo rato, dándome vueltas y vueltas la cabeza (casi me desnuco). Yo creo que medio año de la carrera lo capacitó lo suficientemente para aconsejar tan bien a un amigo, qué grande el tipo. Y partí de su casa, con la cabeza medio abombada, pero con las ideas claras, y no pensaba de ninguna manera dejar afuera a Lucrecita.

Cuando volví a casa para contarle nuestro nuevo futuro a Lucre, se me paralizó el corazón, se detuvo el tiempo, se me cayeron las estanterías, todo se desvaneció. Mi preciosa Lucrecia de mi vida, de mi corazón, del alma mía, abrazada y besada por el casero (creo que por eso todavía no nos echaba). Impulsivamente le pegué una trompada al señor entrometido-serrucha-parejas-viejo-baboso (algo mayor, debo reconocer) y rompí toda relación con la evidente arpía, quien me confesó que siempre estuvo con el señor que yo acababa de despachar, que lo quería a él, que yo era un fracasado. Lo primero que hice fue aflojarme la barata corbata y sacarme el saco; lo segundo que hice fue correr la cama contra la pared de la cocina y sentarme en el borde, tapándome la cara con las manos, verticalmente y con las palmas hacia mi rostro, y comencé a llorar y a llorar, casi eternamente. Cuando la fatiga me ganó, dormí plácida y finalmente de cara a la pared.

FIN.

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Responses

  1. Uhhhh este si que me gustó. De a poco el amigo Dominguez deja de torturarnos con sus cuentos para dar paso a un rato agradable frente a la pantalla, claro que de alguna extraña manera sigue limándonos los sesos

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