Posteado por: Fabricante de mentiras | 24 agosto, 2009

Casa tomada

Hola, ¿cómo andan? Con los pies, me imagino, al igual que yo. Les deje esta transcripción de “Casa tomada” de Julio Cortázar, fue un ejercicio que nos hicieron hacer en un taller literario de antaño (el año pasado, con le peculiar Washington Cucurto). Bueno, a mí me salió la parte política, qué se yo. Es del 12 de octubre (celebración de…). Espero les guste, hasta la próxima. Sean felices y coman perdices. Juani

Casa casi tomada

Recuerdo que para esa época no había mucho que hacer, así son los veranos en Buenos Aires. Poca gente por 9 de julio, el sol que calienta la brea, y quienes nos quedamos paseamos de café en café esquivando la gran estrella calcinante.

Cuando iba al centro a comprar los ovillos de lana para mi hermana aprovechaba a respirar, a tomar aire casi fresco y algún coñac casi decente, es que por más grande que sea la casa en que vivimos –heredada de parte de nuestros padres, abuelos, tatarabuelos y toda la ascendencia– yo me siento aprisionado. Es paradójico el creerse encerrado en una casa así, más aún cuando es la propia, tal vez por no tener un patio trasero, o aunque sea un jardincito, es que alimentaba más esta sensación.

Vivíamos juntos con mi hermana, ambos solitarios luego de descontados fracasos amorosos, y sin demasiadas expectativas para otra aventura. Por la mañana, al levantarnos con la luz del alba, nos dedicábamos a la limpieza del extenso hogar. El piso de arriba constaba de tres dormitorios, un cuarto de baño y una amplia sala de estudio que hacía de biblioteca. En la planta baja había otro cuarto de baño, mínimo, la cocina con una puerta que daba a un pequeño fregadero, y la sala de estar ubicada a la entrada. Al terminar con la limpieza superficial de nuestra casa y de nuestras almas, nos dirigíamos a la cocina. Contrariamente al imaginario popular, mi hermana era muy buena carnicera, yo no hacía más que lavar y hervir las verduras, siempre abundante, claro, así dejábamos preparada la cena. Contábamos con la ventaja de poseer un campo en la provincia, de manera que los peones nos traían los víveres suficientes para una quincena. Luego de un tranquilo almuerzo, en el que apenas nos mirábamos la cara y, con suerte, recordábamos  alguna anécdota de nuestra anterior vida, seguía la digestión en la sala de estar. Yo leía, preferentemente algo de literatura francesa, cuando no tenía alguna nota que traducir para el periódico del vecindario, gajes del oficio. Y mi hermana, sentada en una silla hamaca, tejía y tarareaba el jazz que dejábamos sonando de fondo, tejía todo el tiempo, chalecos, pullovers, medias, y otras cosas inútiles que después yo terminaba aceptando, a falta de mejor cosa.  A veces detenía mi lectura solo para levantar la vista y observar a mi hermana, sus manos trabajando y confundirlas con el ritmo de la música; era el espectáculo hipnotizador de todas las tardes. En fin, era esta nuestra monótona vida, de la que nos creíamos conformes.

Todo empezó un mediodía cuando estaba cocinando, mi hermana fue a ducharse, y después de un rato sentí un alarido estremecedor que cortó el aire y erizó mi piel. “Irene!, ¿qué pasó?, ¿estás bien?”, grité sin recibir respuesta. Salí hacia el pasillo y no la encontré, subí las escaleras, atrás mío escuché los respectivos portazos de la cocina, el baño y el fregadero. Arriba encontré todo cerrado y las persianas bajas. Bajé corriendo y vi la puerta principal abierta, con el desolador paisaje de la calle desierta. En seguida los pude ver salir de todos lados, persiguiéndome y hostigándome, de amarillo chillón, diciendo que buenos aires va a estar bueno, pero de ella ningún rastro. Antes de que pudieran hacerme algo, agarré uno de mis libros y me escapé a toda velocidad. Sin embargo ya no había nada que hacer, la ciudad estaba tomada.

FIN.

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