Posteado por: Fabricante de mentiras | 10 octubre, 2009

A veces pienso que esa gente tan cool…

Lo Artesanal

Fue impuesto por una moda, y destituido por ella. Pero todavía hoy, gracias al Señor, se pueden apreciar restos de lo que considero ––con permiso de antropólogos, sociólogos, comunicólogos, y demás logos (ojo, no se tiente con sustituirlo por locos)–– a la raza soga, esto es, que se pasa de piola. Estoy refiriéndome al rollinga (se escribe con doble “l” pero se pronuncia como una).

No voy a extenderme demasiado en su historia. Puede deducirse que el término “rollinga” proviene de The Rolling Stones, banda inglesa militante de la música rock and roll, y es una apropiación hecha por la juventud argentina para referirse a, vamos a verlo más abajo, casi una forma de vida (mini reflexión: ¿por qué más abajo?, o, ¿por qué más adelante? ¿Y si Ud. está leyendo de cabeza? ¿Y si Ud. está escuchando el relato? En el primer caso, sería más arriba, en el segundo, no hay más abajo, podría haber más adelante, pero tan relativas son las nociones de espacio y tiempo, que esto ya lo escribí en un pasado que para mí era presente y Ud. lo está leyendo u oyendo en su presente, distinto del mío, o el futuro llegó hace rato: fin de la mini reflexión). Cabe aclarar que estamos tipificando a un tipo de persona más o menos actual, ya que se los puede relacionar con los antiguamente conocidos como stones, pero no voy a hablar de lo que no conozco. Igualmente, el rollinga propiamente dicho, que puede pertenecer a cualquier sexo, edad, clase y religión, no necesariamente simpatiza demasiado con la banda de Mick “el jetón” Jagger. El rollinga está comprometido con lo políticamente correcto en cuanto a lo que respecta de música: un poquito de los Rolling Stones, un poquito de Pink Floyd, de Ac Dc, de Led Zeppelin, casi nunca nada de Queen o de The Beatles, ya que considerada a estas últimas “música para mozos sin bandeja, yo quiero rocanrol, nene”. A nivel nacional, enarbola banderas a Los Redondos, La Renga, Los Piojos, como pilares del rock local (dejando de lado a un montón de conjuntos y compositores, pero no estoy para juzgarlo), y es increíble lo que sabe de bandas casi desconocidas para la sociedad entera, de los más diversos nombres: La cuerda loca, Abelardos, Ojos locos, Estopa, Viejos Trapos, La Covacha, Manicomio, Las trampas de Lily, Las tres de una señora alemana, Cronopio rock, Epiplona, La Mocosa, Fulton Espina, y cuanto nombre creativo (o no) a Ud. se le ocurra para una banda de barrio. Asimismo, saben vida y obra de los integrantes de cada banda, santifican a toda variedad de Pitys, Cornetas, Petos, Patos, Rulos, Chizzos, Indios, Negros, Skay, Locos, Colos, Eli, Gordas, etc, etc.

¿Cómo identificar a un rollinga? Por lo general se lo puede encontrar en la vía pública de la siguiente manera: empezando por abajo, va a vestir zapatillas de lona, tipo Toppers, comúnmente blancas; le siguen unos jeans, jogguins o alguno de esos pantalones a rayas airosos tipo hawaianos; la remera con la inscripción de alguna de las bandas anteriormente mencionadas, y si hace frío, con un buzo del mismo estilo, o uno de lana de vicuña comprado en el norte o en un local sobre Avenida Avellaneda, o la campera de jean con parches del símbolo de su banda preferida; al cuello un pañuelo con brillitos; y el pelo es un flequillo bien marcado con la porra suelta hacia atrás y los costados de la cabeza, peinado que ha caracterizado al cantante de los Rolling Stones.

Ya enumeradas algunas características superfluas del tipo de persona que estamos tratando, vamos a detenernos en algunas cuestiones subjetivas, sus actitudes, comportamientos, su forma de ver la vida. Ante todo, el rollinga es una persona que no se hace problema por casi nada, cuando veamos a uno preocupado, alarmémonos porque se arma la hecatombe, o aunque a veces pueda ser simplemente que se acabó la coca para el fernet. También es familiero y amiguero, porque es una persona falta de prejuicios estúpidos, y entonces es un ser muy sociable (aunque las más de las veces no es un sentimiento recíproco, justamente por esos prejuicios estúpidos que poseemos el resto de las personas), y es compañero, y lo único que quiere es hacer sentir bien al resto y sentirse bien él mismo, por eso lo veremos siempre con una sonrisa en la cara, un chiste en la punta de la lengua, una guitarra y una canción. En cuanto a aspectos sociales y política, el rollinga considera que los políticos son una porquería (y estoy siendo suave al utilizar esa palabra), y el enemigo número uno es la policía, y creo que tiene razones para pensar ambas cosas. No es una persona que tome conciencia de clase para sí y todo eso, él se contenta con que no le falte la guita para el recital, aunque sea uno mensual, y el ritual del papel picado, el paraguas, las banderas, la previa con el vino, sangría, cerveza o fernet más barato, y en el momento del porrito entona “Loco” de Andrés Calamaro, y la fiesta de la previa al recital se constituye en cantar los himnos del rollinga, empiezan con “Lo artesanal” de Viejas Locas (en esta canción se evidencia una actitud de rechazo hacia el “cheto” ó “careta”, eterno conflicto de las clases), siguen con alguna de Los Redondos, alguna como “Mi genio amor” o “Tarea fina” (sí, el rollinga es además una persona romántica), “Religión” y “Se fue al cielo” de Intoxicados, “El revelde” de La Renga (estupidez de poner rebelde con “v” corta, como si constituyera un acto de rebeldía), “Ruta 66” de Pappo, “Caras de limón” de Los Gardelitos, y algunas otras, hasta ingresar al recital de una banda de la que no cantaron ninguna canción, porque guardan el repertorio para el momento del espectáculo. Ud. puede empezar por escuchar algunas de estas canciones si se quiere interiorizar con la cultura rollinga.

Hasta ahora el rollinga parece una persona fenomenal, como para armar una república ideal, y esto es verdad, hasta que el rollinga, si insiste en su forma de vida, deviene casi inevitablemente en fisura, esto es, “se pasa de rosca”. El fisura siempre entra en contradicción con el rollinga “rescatado”, entonces a lo mejor lleva a su bebé a un recital en un lugar cerrado, para peor enciende fuegos artificiales en este tipo de lugares, y todo desencadena en catástrofes tristemente conocidas.

Ahora, para que vean que el rollinga no es simplemente un personaje ficticio inventado por mí, voy a ejemplificarlo con alguna situación real vivida por este narrador. No voy a hablar de mis amigos rollingas porque sería muy poco parcial. Les voy a contar por ejemplo de la vez que, estando en mi primer año de C.B.C., por lo tanto en mi primer año en la city porteña, había escuchado en algún lado que los Ratones Paranoicos tocaban gratis en una plaza en San Martín, en el Gran Buenos Aires. Ni rápido ni perezoso, consulté la “Guía-T” y me encaminé junto a un compañero, perdido como yo, para dicho recital. La pasamos espectacular, muy lindo todo, “¿cuántos beatles quedan?, ¿dos?, nosotros somos cuatro, les ganamos”, y a la vuelta esperamos el colectivo que nos deje en plaza Italia. Llegó el bondi y el viaje se hizo largo, mi compañero se inquietaba y la Capital no llegaba más. Así fue que terminamos, junto con el recorrido del colectivo, a eso de las 12 de la noche bajo un puente en Liniers. Todo un mundo desconocido para mí y mi compañero. Él me recriminaba: “Mirá dónde nos metimos, por tu culpa, acá siempre hay asesinatos y crímenes, ¿no ves el noticiero?”, y demás acusaciones. Yo me reía, el problema era que ante sus gritos, la gente alrededor ponía cara de pocos amigos y de “qué lindos pichones, esperá que la policía deje de recorrer por acá y ya van a ver”, es que cuando uno está perdido la cabeza tiende a victimizarse y perseguirse, sobre todo cuando de repente hubo un apagón del alumbrado público. Había algunos locales abiertos, todavía a esa hora, no sé por qué. Y fue cuando mis oídos captan “La bestia pop”, me dirijo hasta donde me lleva la música y veo que es una parrilla atendida por alguien que parecía un rollinga, la remera con la lengua de los Rolling Stones y su peinado característico lo delataban. “Maestro, ¿cuánto el chori?”, le entrego $5 y espero $2 de vuelto, “¿No me lo das en monedas?” (recordar la falta exagerada de monedas). Le expliqué mi situación, y dónde tomo el colectivo para Capital, bancá que los acompaño; creo que mi remera de Jim Morrison le inspiró cierta confianza. Cerró la parrilla vacía, puso el cartelito de “Vuelvo enseguida” y se enfundó en el pantalón un revólver. “Pará, loco, ¿qué hacés?”, “Aguantá, ustedes síganme, que acá está medio áspero”, y nos acompañó un par de cuadras a un lugar más tenebroso y oscuro aún, y en menos de 5 minutos apareció el colectivo salvador, le agradecimos y: “¿Viste que no era para tanto?”, lo chicaneé a mi falluto acompañante de recitales. Volviendo sano y salvo a casa gracias a un desconocido, rollinga como no podía ser de otra manera. Como esta, también algunas otras historias más o menos increíbles que quedarán en mi memoria.

Si yo no fui rollinga fue por falta de voluntad, de mérito o de sapiencia, pero invito a ustedes a interesarse por esta cultura, participar de algún modo, y entonces poder llegar a captar alguna buena onda del rollinga, que tanto hace falta.

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