Posteado por: Fabricante de mentiras | 31 diciembre, 2009

Tal vez, por eso escribo

Conversaciones

Terminando de lavar los platos después del almuerzo, suena el timbre del departamento. Me seco las manos sobre el pantalón y abro la puerta sin antes fijarme quién es, ingenua confianza de provinciano. Sobrio, con su boina y sobretodo, me sonríe y pasa. Mi cara y mis ojos de huevo frito debían ser como para poner en un portarretratos. Colgó el abrigo sobre una silla y se sentó. Fui hasta la cocina a calentar la pava para el café y cuando volví él ya estaba acodado en la baranda del balcón fumando un cigarro.

–Ojo que esto no es “Carta a una señorita en París” – le dije. Y su mirada no sé si vale más que mil palabras, pero enseguida me borraron la sonrisa burlona del chistonto, porque a buen entendedor…

Entramos y se detiene en la biblioteca. Toma entre sus manos Papeles inesperados y lo revisa con una sonrisa nostálgica. Le alcanzo una birome, me la rechaza y saca una pluma del bolsillo interior de la chaqueta, y con ella me escribe una dedicatoria. Deja el libro y me dice con su acento francés argentinizado: “Juani, vos tenés que seguir escribiendo”. Yo no sabía dónde meterme, hasta mi nombre sabía. Nos sentamos a tomar el café y él meditaba, miraba hacia el balcón, tan porteño, tan argentino y tan lejos. Rompo su estado de trance: “Por favor, lea este cuento mío” y salgo a golpearle las puertas a mis vecinos para que me impriman el cuento, mientras recorro el pasillo del edificio en penumbras, solitario, casi desesperado, y escucho su voz: “No te preocupes, ya lo leí. Me gusta, se ve que te gusta mucho esa chica. Seguí escribiendo”. Cuando vuelvo con el cuento impreso ya no estaba, ni su boina ni su sobretodo ni las tazas de café sobre la mesa. Se abren con fuerza las puertas del balcón y una brisa que recorre el departamento me provoca escalofríos, como una uña que raspa el pizarrón.

Cuando me desperté, lentamente emocionado me acerqué hasta la biblioteca, sólo para constatar que su dedicatoria seguía allí. Sepa Julio Cortázar, alias Horacio Oliveira, alias Morelli, dondequiera que esté, cronopio sin fin, eterno perseguidor, que yo también quiero ser escritor. Yo también quiero dejar mi nombre impreso en un miserable pedazo de papel, también siento el dulce veneno de la vanidad en mi sangre. Y también quiero a mi Maga.

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Responses

  1. Visitas como esas, son unos pocos los que tienen el privilegio o quizá la desgracia de recibir.
    “El dulce veneno de la vanidad en mi sangre” muy buena frase, resume lo que es el oficio del escritor.

    Saludos

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  2. Sublime. Nada mas que agregar pero quería comentar =p

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  3. Genial. Me encantó.

    Quiero soñar también con él, pero sería un XXX, jajaja.

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    • Moro, las partes XXX las omití porque no hacían al relato literario. Después si querés te las cuento.

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      • Mmmmmm (no de placer, sino de duda)… si en algún momento considero tener la fortaleza suficiente para soportarlo, te chiflo

        =P

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