Posteado por: Fabricante de mentiras | 12 junio, 2010

Una historia real

Espero les guste. Déjenme justificarme: me costó mucho escribirlo, me costó mucho suprimir chistontos (algunos igual se filtraron). Me encanta escribir cosas así. Hasta la próxima, nos vemos con un soliloquio del estudiante de comunicación social (soliloquio pensado, mas no escrito aun)

La curiosidad mató al gato

I

Te dije que no juegues con mis cosas, es mi laburo, ¿entendés?, son de mi laburo, volvía a reprocharle Miguel Ángel a su mujer: Teresa. Es que Migual Ángel, al igual que un gran número de personas, tenía la costumbre de llevar el trabajo a la casa. La cuestión es que el señor era policía, comisario para ser precisos. Su casa era, entonces, una seccional aparte: tenía armas, radiotransmisores, sirenas, chalecos, y de vez en cuando llevaba a alguien al cuartito oscuro para los procedimientos de interrogación y tortura.

Teresa, como su nombre lo indica, era muy tolerante y permisiva con su marido y su manía laboral. Es que cobraba su paciencia cuando Miguel Ángel estaba ausente. Por las tardes, en vez de mirar las telenovelas brasileras mal traducidas, como lo hacían sus amigas, Teresa se adueñaba del radiotransmisor; jugando con sus botones y diales descubrió que podía escuchar las conversaciones del barrio. Las ondas electromagnéticas de los teléfonos, aparatos celulares, radios (am/fm/radiotaxis y remises), eran captadas por este artilugio que tan descuidadamente dejaba Miguel Ángel en manos de la patrona. Así, Teresa progresivamente fue enviciándose con esto que comenzó como un hobbie. Varias veces, Miguel Ángel tuvo que guardar bajo llave su herramienta de trabajo; vana resolución, pues Teresa había aprendido todas las mañas del oficio de su marido, por lo que fácilmente se hacía de nuevo con el aparato (generalmente, por medio de sobornos, elemento irresistible para cualquier policía).

Teresa estaba en su mejor momento, sus chismes cotizaban alto en las tardes de té en Las Heras y Callao. Se jactaba de su sapiencia chismográfica, manteniendo en secreto su fuente. El sueño de cualquier Doña Rosa, cantidad de infidelidades y privacidades había descubierto de sus vecinos. El portero resulta que usa peluquín, la del cuarto trabaja de gato, y el del sexto del edificio de enfrente coleccionaba curitas usadas. Ni que hablar que los remiseros sacan sus coches de desarmaderos de la villa.

Una tarde, luego de lavar los platos, Teresa va al armario de Miguel Ángel y, con la copia de la llave que había hecho, saca el radiotransmisor. Deja que sintonice alguna frecuencia, mientras plácidamente deja caerse en el sillón.

“……………(ruido)……………Ay, Miguel Ángel……………qué……………bien lo hacés……………(ruido, más ruido)……………¡Sí, Miguel Ángel!, ¡Ay!……………”

Con que qué bien lo hacés, ¿no, mi amor? A ver si ésta te sale bien.

¡PUM!

Magnum, calibre .357

Después de un balazo así, no la contás. Teresa tampoco.

II

Cuando la policía vino a buscarla, y mientras los médicos se llevaban el cuerpo maltrecho de Miguel Ángel, desde el radiotransmisor se escuchó:

“¡Ay! Miguel Ángel, sos un pintor fenomenal. Encantada de ser tu modelo. Nos vemos mañana”.

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Responses

  1. Ojalá haya tiempo para más poesía, pero también para más textos como este, que son de los que más me gustan, también. Cuánto “más”, ¿no? (te puse los dos signitos como a vos te gusta, ¿viste? Uy, otra vez… ja).

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