Posteado por: Fabricante de mentiras | 19 octubre, 2013

El escriba

Era tarde en la noche y la calle estaba despejada. Iba caminando hacia mi casa; tenía el paso apurado, las manos en los bolsillos y mi cabeza encapuchada. Hacía frío.

De repente, desde atrás dos hombres sujetaron mis muñecas y mis hombros, intenté librarme pero eran más fuertes que yo. “Acompáñenos”, me dijeron, y antes de que mi grito proteste, me desmayé.

Desperté en una habitación rancia, pequeña y sin ventanas, de tubos de luz parpadeantes. Estaba sentado frente a una mesa con un vaso de agua que bebí inmediatamente, había además un lápiz y un papel. A mis pies estaba la mochila que traía antes de mi secuestro (¿de qué otro modo llamarlo?), y noté que habían quitado de allí los libros que tenía entonces y el celular. Billetera y documentos seguían allí.

Me dirigí hacia la puerta de esa habitación y cuando apoyé mi mano en el picaporte, alguien del otro lado la abría, era uno de los hombres que me agarró aquella noche. Ingresó y me empujó levemente hacia dentro, cerró la puerta tras de sí.

—Así que lector, ¿eh?

No respondí nada.

—Bueno, escriba, allí tiene el material que necesita.

—¡¿Desde cuándo que estoy acá?!

—Desde anoche, tranquilo —me indicó moviendo la palma de la mano, que luego señaló otra vez la mesa con el lápiz y el papel—. Si al jefe le gusta lo que escribe, seguro lo deja tranquilo, o le cambia de habitación.

—¡¡¿Qué jefe, quién?!!

—Tranquilo —otra vez la manito—, usted escriba. Y se marchó.

Atónito, me senté, quise quebrar el lápiz, no pude. Di su punta contra la mesa, nada. Intenté romper el papel, tampoco. Esos materiales eran nuevos para mí, hoja y lápiz imposibles de romper.

Pensé en escribir una carta de auxilio, pero era absurdo, no tenía cómo enviarla (y en tal caso, ¿a quién?). Entonces me dispuse a intentar escribir. ¿Qué voy a contarles, y a quién? Recuerdo que lo primero que escribí fue: “Una navidad chispeante”, y relaté cómo en la infancia junto a otros niños quemamos un árbol con fuegos artificiales en mal estado. No habíamos querido quemar el árbol, que además estaba seco, pues una semana antes de navidad le habían echado una mezcla de cemento para secarlo. Me hizo gracia recordar aquella historia, incluso en la situación en que me encontraba. Me levanté de mi sitio y pasé el relato bajo la puerta.

Unos minutos más tarde, o media hora, no tenía noción real del tiempo (jamás la tuve, un reloj y sus manecillas no indican noción real de nada, salvo el infierno florido, etc.), mis secuestradores entran a la habitación. Dos hombres corpulentos, de mi estatura, bien vestidos. Tras ellos entró quien presumí era “el jefe”. Flaco, vestía aún más elegante que sus guardaespaldas, y algo en su cara me resultaba familiar. “Bien, ahora pruebe con otro relato”, me dijo, y extendió hacia mí otro papel de ese extraño material. Quise hablarle, pero no pude; me limité a recibir el papel y me senté nuevamente.

Con el lápiz comencé a puntear mi reloj interno, otro pequeño infierno florido, tic-tac, tic-tac, tic-tac. Y recordé algunas cosas que había leído en mi adolescencia; intenté reproducirlas. No salieron como las imaginaba, pero así y todo decidí enviarlo por debajo de la puerta.

Al rato aparece el jefe. “Mejor”, me exclama con una sonrisa, y me extiende nuevamente un papel en blanco, “otra vez”.

—¿Otra vez qué? —le espeto.

—Escriba.

—¿Y si no?

—Muere. Y se marchó.

Me senté y escribí un relato en que un capturado mataba a sus captores ayudado con un lápiz y un papel de una fortaleza desconocida. (Yo no tenía tales habilidades para hacer eso, realmente. Lo intenté la primera vez, al despertarme; no había logrado hacerles ni un rasguño. Ya ve, yo dije que volví a mi asiento mientras el secuestrador me decía: “tranquilo” con su mano; uno cuenta lo que quiere).

Luego de leerlo, el jefe volvió a carcajadas, “muy bueno, otro”.

Y yo comencé a escribir como a respirar, no tenía nada más que hacer. Escribía lo primero que se me ocurría; jugaba con la comida que me traían; a veces creaba personajes o los reinventaba, mi memoria me engañaba. No, con la comida no traían cubiertos, ya venía cortada, a lo sumo una cuchara de plástico, plástico también irrompible.

Esos materiales irrompibles me ayudaban a crear escenarios futuristas, donde la vestimenta y las casas y los automóviles eran irrompibles. ¿Y cómo se moría ahora la gente? No sé, de pena, escribí una vez, de aburrimiento, otra; escribía, pero no conocía el mundo exterior.

Nunca antes había escrito, o no con esta frecuencia. Escribí otro relato sobre la proliferación en el encierro, donde un hombre moría ahogado entre palabras y papeles.

Otra vez escribí un relato en el que invertía los roles, donde el que escribía y estaba encerrado era el jefe, y sus secuestradores me leían a mí lo que el jefe escribía. De todos modos yo leía por sobre el hombro de mis secuestradores, no va a ser cosa que me cambien palabras mientras leen. Ese día vino el jefe con una silla y se sentó frente a mí. Se acodó sobre la mesa, apoyó su mentón sobre sus manos cruzadas y me miró largo. No quitó sus ojos de los míos, su posición no cambió. Yo quedé atrapado y lo imité: me incliné sobre la mesa, crucé mis brazos sobre ella y apoyé mi cabeza sobre mis manos. No tuve tiempo para mirarlo largo, porque apenas me había acomodado, un grito ahogado se atascó en mi garganta. Mi captor era yo.

Anuncios

Responses

  1. Señor Juani!!Me gustó. “Escriba. ¿Y sino?. Muere” Me internalizó (? dicese segun jota cuando algo leído lo lleva a los profundo de su ser sintiendo lo que lee como propio) las ideas que se le ocurren cuando escribe. Las maneras de morir encerrado entre los propios textos. Me imagino.
    Espero que te esté yendo excelente con el nuevo Labo Juani. Me encantaría ir un día a saludar y disfrutar, pero esos días hago guardia. Ultimamente lo único que escribo son historias clínicas… 😦 perdí la costumbre de escribir… si sabés de algún antídoto, se agradece.
    un abrazo grandeeeeeeeeeeeeeeeee, salud!

    Me gusta


Insulte tranquilo

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: