Posteado por: Fabricante de mentiras | 15 marzo, 2015

Des-concierto

El concierto al que asistí estuvo fenomenalmente dirigido por los más diversos movimientos de pies en el aire o marcando el compás contra el suelo, cuellos y cabezas que se estiraban y giraban, manos que imitaban la gesticulación del director de orquesta.

Era llamativa la presencia de sandalias que se agitaban al compás de Mahler; los cuellos se inclinaron por Strauss (padre). Hay que decirlo, también, que las más de las sandalias semejaban las que poseía mi nonna, y por supuesto, no llegaban a tocar el suelo. Porque con la música se vuela, y con los pies también.

Sería fácil establecer una relación de causa y efecto: la música es ejecutada y automáticamente las diferentes partes del cuerpo la celebran. Pero eso me resulta muy simplista. ¿Y si le digo que el director de la orquesta no era más que una marioneta de adorno? ¿Que los violines, clarinetes, oboes, tambores, cellos, contrabajos, trombones respondían a cada movimiento de pies, cabezas y manos de parte del público?

Yo mismo lo noté en el momento que el polvo del teatro me produjo un estornudo, e inmediatamente sonaron tambores y trombones. Diez butacas a mi izquierda, había un que señor se estaba quedando dormido; sus despertares coincidían exactamente con cada golpe de los platillos, y sus cejas se agitaban con el repicar del xilofón.

Así, cada nota musical era una respuesta exacta al deseo de los cuerpos de los asistentes. Porque sin esos movimientos, no habría ninguna música. Un hombre sopla o rasga una cuerda o golpea un tambor, y entonces emite sonido. ¿Así? Así no, eso sólo sucede en el vacío; y en esta vida el único vacío que conozco va sobre la parrilla. Porque en este concierto que le describo (que es ejemplo de todos los conciertos del mundo), no sólo un hombre sopla o rasga o golpea un instumento, sino que hay allí un pie, una cabeza, una mano, una lágrima, una mueca que, de no existir, sería difícil determinar que la música sea posible.

Así, también, este texto existe porque está usted allí, descubriendo cada letra y descifrando las palabras. Pero este texto, usted puede decir, lo escribí yo. ¿Y si le digo que no? ¿Y si le digo que yo no lo escribí sino que él me fue revelando poco a poco hasta dejarme impreso en esta pantalla? Quedo entonces bajo su voluntad de leerme y liberarme, o dejarme encerrado sin encontrar una mirada, una mueca, un pie en sandalia, que celebre estas palabras.

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