Posteado por: Fabricante de mentiras | 19 mayo, 2015

Otro meopa más, y van…

Motivado por el taller de poesía en la Casa del Bicentenario de la ciudad de Buenos Aires, me lanzo a compartir algunas líneas. La consigna era sencilla y compleja: llevar a la reunión un poema (a un poeta) al que querramos escribir, sea para contestar, para reescribir, para denunciar o alabar. Pasaron por mi cabeza Neruda (“Walking around”, “No todo es hoy en el día”), Teillier (“Despedida”, “Botella al mar”), Jaime Gil de Biedma (“No volveré a ser joven”, “Aunque sea un instante”), Raúl Gómez Jattin (“De lo que soy”, “El dios que adora”), todos esos nombres, casi en ese orden; y me empequeñecí, ¿qué podía yo decirle a tamaños poetas? Me incliné por un poema que me gusta mucho, me resulta profundamente reflexivo, y se me ocurrió (¡pobre cabeza!) escribir algo hacia todos los poetas, hacia la poesía, pero ni me salió. En fin, para qué tanta explicación, primero el poema que elegí y luego lo que yo escribí; está claro que Ud no tiene obligación de leer ni uno ni el otro, pero le recomiendo fervientemente la lectura de Roberto Juarroz:

Así como no podemos
sostener mucho tiempo una mirada,
tampoco podemos sostener mucho tiempo la alegría,
la espiral del amor,
la gratuidad del pensamiento,
la tierra en suspensión del cántico.

No podemos ni siquiera sostener mucho tiempo
las proporciones del silencio
cuando algo lo visita.
Y menos todavía
cuando nada lo visita.

El hombre no puede sostener mucho tiempo al hombre,
ni tampoco a lo que no es el hombre.

Y sin embargo puede
soportar el peso inexorable
de lo que no existe.

Y ahora, estas pobres palabras mías:

Si de algo te sirve

palabras, palabras -un poco de aire
movido por los labios- palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.
Jorge  Teillier.

Como un devoto en su templo
se arrodilla
y su rezo asemeja
un diálogo
-inaudible
intraducible
mudo-
con los muertos.

Cuando se colma
de ese silencio
se incorpora
y vuelve
ahora negro
al rebaño.

O mejor:
vuelve ya blanco
(gris, digamos)
al negro rebaño.

Allí el silencio
se torna murmullo
ensordecedor
los diálogos
son monólogos
que resuenan en cajas vacías.

—¿Y por qué te arrodillas?
—Para agradecer —dice él.
—No, ¿qué agadeces? Esto no es gratis —replica Ella.
—¿Cuál es el precio?
—Ya lo sabes.
(Él revisa en sus bolsillos, se palpa torpemente el cuerpo
y luego extiende su mano)
—Es tuya, si de algo te sirve.

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